de la cabeza a la red

martes, noviembre 16, 2004

Fiebre

Además de un cuento del genial Quim Monzó (por favor, leed algo suyo, es indescriptiblemente bueno), la fiebre es algo que no deseo ni a mi peor enemigo, al que aún no tengo el gusto de conocer.He estado dos días sin salir de casa gracias a la fiebre. No una fiebre cualquiera, sino una de esas que entran sin llamar, que no van precedidas de los formalismos mucosos de siempre. Se la puede llamar fiebre Cassanova: entra en tu vida y a los cinco minutos te ha seducido de tal forma que lo único que quieres es irte a la cama y ya no concibes acostarte con nadie que no sea ella.
Y ya no hay marcha atrás, porque de cuello para arriba ya no sientes nada. O peor aún, sientes tal dolor que crees que te has convertido en un ser insensible. O peor aún, tratas de convencerte de que eres un ser insensible para tratar de mitigar ese dolor. Sin embargo cualquier técnica fracasa, ninguna postura de acomplamiento entre la almohada y la cabeza exime a la víctima del consiguiente sufrimiento.
Es el momento de recurrir a las pastillas (no a las de los camellos sino a las de las farmacias). Tú, que nunca has tomado pastillas (ni de las de los camellos ni de las que venden las farmacias), porque siempre pensaste que los medicamentos sólo servían para reducir tus defensas, te tienes que bajar los pantalones delante del señor bayer o de quien inventó el paracetamol e ir corriendo a tomarte uno, que en cuestión de minutos te deja como una rosa. Lo malo es que a las cuatro horas tienes que volver a por otro y así sucesivamente.
Entonces te planteas un dilema moral sobre las drogas ya que, debido a sus efectos adictivos, empiezas a pensar que las verdaderas drogas son las de las farmacias y no las de los camellos.
En este momento decides dejar de pensar y tratar de dormirte ya que te das cuenta de que probablemente son los dilemas morales los que hacen que se altere tu temperatura.

Después de dos días de letargo y duermevela, de repente una se da cuenta de que puede volver a girar el cuello con normalidad y de que vuelve a sentir su cabeza unida al resto de su cuerpo. Lo primero que a una se le ocurre en esta situación es felicitar a sus-mis defensas porque han sido ellas (¿quién si no?) las que me han salvado de vivir torturada por los maléficos pirógenos. Acto seguido llamas a todo el mundo con quien no has podido hablar en estos dos últimos días y les comunicas que estás bien. Por lo mal que lo has pasado, tú lo cuentas como si fueras una superviviente de la segunda guerra mundial, pero para la gente sólo se trata de una gripe más.
Al principio te ofendes, piensas que la gente es egoísta, que no sabe empatizar. Luego te das cuenta de que en una hipotética lista de enfermedades la gripe sería de las más inocuas. A lo largo de horas te culpas por haberte quejado por tener ese achaque (algo así como si Tita Cervera se culpara de no haber podido comprar el último Van Gogh en subasta).
Al rato te olvidas porque tienes cosas más importantes que hacer y no puedes perder tu tiempo en elucubrar chorradas.

Pero tarde o temprano la fiebre volverá a atacarte. Cuando menos te lo esperes. Y rezas para que lo haga porque eso significará que trata de reforzarte y de prevenirte de otras enfermedades. Y porque también puedes compararla con cualquier desgracia amorosa.

jueves, noviembre 11, 2004

Injerir

No, no es una falta de ortografía. Según la RAE la tercera acepción de la palabra injerir es: "Introducir en un escrito una palabra, una nota, un texto etc.". Es curiosa la metáfora que podemos establecer entre los textos de quienes escribimos y nuestros aparatos digestivos. Al escribir palabras entre frases que ya están escritas estamos injiriéndolas en el texto y al comer ingerimos nutrientes.
Ya que no me lee ningún académico, manifiesto el deseo de que la tercera acepción de la palabra injerir se pueda escribir con g y no pierda el significado que tiene, al cambiar de letra. Yo no tengo ni idea de la etimología de las palabras y estoy segura de que si hablara con algún miembro de la Academia me daría cuenta de que cambiar esas palabras supondría un flaco favor a todos aquellos que tratan de que nuestro lenguaje siga teniendo la solidez de la que hace gala desde el siglo XII. No obstante creo que, semánticamente, no es necesario distinguir entre ese significado de injerir con j o con g. Cuando escribimos muchos elementos se están alimentando: el papel que se alimenta de tinta, la tinta que se alimenta de nuestros pensamientos, el boli que se alimenta del movimiento que le damos con nuestro puño etc. Pero se nos suele olvidar que el texto, aún siendo propio, alimenta al individuo en todas las lecturas que realiza de él. Así empieza una retroalimentación que, en principio, puede no tener fin porque después de que el texto alimente a quienes lo leen, algunos lectores tienen la necesidad de alimentarlo a él (si no, las críticas literarias no existirían, ni las obras colectivas, ni otras muchas manifestaciones literarias y artísticas) y así podríamos tirarnos toda la vida. No obstante hay que tener la voluntad de parar en algún momento, porque el empacho puede llegar a ser descomunal, sobre todo, si se trata de nuestros propios escritos.

Ahora, os animo a ir al diccionario y leer las otras acepciones de la palabra injerir y aviso de antemano: me niego a hacer un paralelismo entre el sexo y la literatura. Ése que lo haga cada uno.

lunes, noviembre 01, 2004

Intimidad

Últimamente( o al menos eso creo, quizá desde hace más tiempo) mi intimidad está siendo cercenada de distintas formas por motivos que ahora no vienen al caso. Ante mi imposibilidad para impedir esta violación de uno de mis derechos, tengo dos alternativas: la primera consiste en dejar de utilizar soportes (móvil, escritura, internet...) en los que pueda plasmar mis pensamientos, sentimientos o lo que me dé la gana; la segunda opción supone convertirme en una persona excesivamente extrovertida y continuar comunicándome como hasta ahora olvidando que yo soy la dueña y señora de aquello que me bulle por dentro y que yo decido cómo, cuándo, dónde, con quién y en qué circunstancias lo comparto (si es que lo quiero compartir).
Aún no sé por cual de las dos opciones me voy a decantar. Probablemente según la situación elegiré una u otra. Si algo tengo claro es que es materialmente imposible acabar con la intimidad de una persona por completo. Nadie podrá nunca espiar directamente lo que mis neuronas se dicen entre ellas, nadie podrá nunca distinguir si mi presión sanguínea aumenta por estrés o por amor, en definitiva nadie podrá traspasar la barrera existente entre mi cuerpo, compuesto principalmente por mi cabecita y mi corazón y el exterior. A menos que yo le dé permiso.
Por suerte hay aspectos tan profundos del ser humano que son inviolables (le pese a quien le pese).
 
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